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Estepas y praderas

 

En las grandes mesetas ibéricas, en unas llanuras de aspecto yermo, se extiende un paisaje estepario creado por el hombre en su afán por domesticar el cereal. Un paisaje que, pese a su origen antrópico, presenta una composición florística y faunística muy semejante a la de otras formaciones esteparias de carácter natural. La vegetación herbácea domina sobre cualquier otra, creando una cubierta vegetal uniforme que se pierde en el horizonte. En este tapiz, roturado periódicamente, tan sólo medran algunas especies de crecimiento rápido capaces de ajustar su ciclo vital al del propio cereal. Especies nitrófilas todas ellas, las llamadas "malas hierbas", que no por ello dejan de suponer una fuente de alimento altamente nutritiva, bien aprovechada por los animales que se aventuran a vagar por estos espacios abiertos. Se genera así una cadena trófica de lo más peculiar que muestra cómo la naturaleza es capaz de adaptarse a los cambios producidos por el ser humano, como si para cada nuevo paisaje creado por éste ella tuviera previsto uno análogo de origen natural. Micromamíferos (Crocidura sp., Talpa sp., Microtus sp., Arvícola sp., Mus sp., Apodemus sp., etc) y pequeños pájaros granívoros e insectívoros (fingílidos, emberícidos, aláudidos y sílvidos) se afanan por aprovechar el maná cerealístico que ofrece la cosecha y sirven de alimento a ofidios, aguiluchos y lechuzas campestres. Las grandes aves esteparias (avutardas, sisones, gangas y ortegas) también prosperan en estas llanuras, alcanzando dimensiones considerables en unas tierras aparentemente estériles.

Pese al gran protagonismo de la estepa cerealística, existen otras formaciones esteparias de carácter natural, las verdaderas estepas mediterráneas. En las zonas subdesérticas del sur y sureste, o en las áreas continentales extremas, con una litología fuera del alcance de los árboles más resistentes, aparece un paisaje dominado por arbustos de talla reducida (leguminosas, cistáceas, labiadas...) o herbáceas de escasa cobertura (Stipa sp., Brachypodium sp., etc). Este paisaje, pese a su aspecto anodino, contiene algunas de las especies más interesantes del catálogo florístico peninsular, muchas de ellas endémicas de nuestras tierras (Sedum sp., Limonium sp., Euphorbia sp., etc). La fauna presente en estos parajes comparte representantes con la la de las estepas cerealísticas, pero se ve enriquecida por un gran número de especies que parecen venidas desde las mismísimas planícies norteafricanas (Oenanthe sp., Cercotrichas sp., Chersophilus sp., Coracias sp., Merops sp., Lanius sp., etc).

 

  

 

Finalmente merece la pena destacar uno de los ambientes más amenazados de Península, las praderas. Un paisaje que, pese a que también incluye formaciones naturales, en nuestras latitudes tiene mayoritariamente un origen ganadero, por lo que se encuentra muy expuesto al cambio hacia nuevos modelos de explotación intensiva. Las praderas de la Cornisa Cantábrica, Pirineos y otras regiones de clima submediterráneo, contienen los mayores índices de biodiversidad herbáceas de la Península Ibérica, además de un gran número de especies animales altamente especializadas.

  

Las estepas y praderas nos ofrecen, tanto en su versión antrópica o como natural, una lección de cómo extraer el máximo provecho de los recursos más austeros. Muchos de estos paisajes, son fruto de la relación armónica del hombre con la naturaleza, una relación sostenible perpetuada durante milenios que debe servir de ejemplo a las generaciones venideras.

 

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